«Filiberto y Sacramento vivían en un pueblo que solo tenía una calle, cinco casas y un viejo campanario sin campana. A pesar de ser un pueblo muy pequeño, tenía algo que lo hacía especial».
Todas las mañanas, el gallo de Filiberto y Sacramento subía al campanario y cantaba. Así fue durante muchos años, tantos que parecía que siempre iba a ser así. Sin embargo, el gallo fue haciéndose mayor y una noche cerró los ojos para dormir…







