«Martina le miraba el pelo, miraba el cielo rojizo y miraba las distintas lápidas del cementerio, y le parecía estar en una pesadilla o algo parecido. Una pesadilla en la que estaba a gusto, en la que no pasaba miedo».
Este año, por vacaciones, a Martina le toca quedarse en la casa del pueblo con su abuela y con sus primos. Allí tendrá que soportar el no poder usar el móvil y en sus huidas para estar sola, conoce a un chico que siempre está en el cementerio y que solo ella puede ver.





